El Ojo de Polisemo XV: naturaleza, naturalidad y humanidad en la traducción editorial
Del 6 al 8 de mayo se celebró en Soria la decimoquinta edición de El Ojo de Polisemo, organizada conjuntamente por ACE Traductores y el Campus de Soria de la Universidad de Valladolid. Quien me conoce ya sabe que este es mi encuentro favorito del mundo de la traducción (¡llevo sin perderme ninguno desde 2012!), pero en esta ocasión fui incluso con más ganas que de costumbre por las implicaciones del título: «¿Traducir? ¡Naturalmente! Naturaleza, naturalidad y humanidad en la traducción editorial». Como traductora medioambiental, me encantaba que la naturaleza adquiriera un papel predominante en esta edición, pero tampoco se me escapaba la referencia velada a la otra cara de la moneda: cierto tema que nos ha traído de cabeza en los últimos años y que no podría estar más lejos de lo natural, de lo humano y (las cosas como son) de la traducción.
Y así, con la mochila llena de jerséis que acabaron sobrándome porque no se cumplió la advertencia de que pasaría mucho frío en Soria, superé la aventura de llegar en transporte público desde Bilbao, me tomé un día de descanso para explorar el entorno (hacedme el favor de pasear por las riberas del Duero y de visitar la ermita de San Saturio si tenéis la ocasión) y, finalmente, el miércoles 6 por la tarde me asomé por la universidad con muchas ganas de saludar a gente querida y de escuchar charlas que se prometían interesantes.

Los reencuentros tardaron más de lo esperado en materializarse porque me perdí en busca del salón de grados de la facultad. Aun así, conseguí llegar puntual a la inauguración, donde nos dieron la bienvenida José Luis Ruiz Zapatero (vicerrector del Campus Universitario Duques de Soria), Miguel Ibáñez Rodríguez (decano de la Facultad de Traducción e Interpretación de Soria), Juan Miguel Zarandona Fernández (coordinador del Área de Traducción e Interpretación), Liliana Valado Fernández (profesora del Departamento de Tradución e Lingüística de la Universidade de Vigo y representante del comité organizador de El Ojo de Polisemo XIV) y Amaya García Gallego (presidenta de ACE Traductores). Ya en esa presentación apunté y subrayé en mi cuaderno una petición de nuestra presidenta, que también fue una declaración de intenciones que suscribo de pleno: «No dejéis que se apague la llama de la traducción humana».
La conferencia inaugural corrió a cargo de José Ángel González Sáinz, que argumentó que la llamada inteligencia artificiales incapaz de traducir (lo máximo a lo que puede aspirar es a «planchar traducciones) porque para ello tendría que cumplir los cuatro requisitos que caracterizan esta actividad: leer todo y de verdad, interpretar, buscar los vocablos adecuados y prescindir del texto fuente como si la traducción fuera un ejercicio de escritura. Además, recordó que, a lo largo de la historia, las transformaciones tecnológicas siempre han traído el peligro de la acumulación de poder y la banalización de las personas trabajadoras, por lo que se impone la necesidad de permanecer vigilantes y cuestionárnoslo todo constantemente.
Después de la pausa del café, en la que ya empezaron a aparecer caras conocidas, tomó la palabra Eva Gallud Jurado, que nos habló de su experiencia traduciendo una selección de poemas para la Antología botánica de Emily Dickinson. Tras una presentación que nos sirvió para conocer mejor la biografía y la obra de Dickinson, así como la pasión por la botánica que comparte con su traductora, nos deleitó con una muestra de los curiosos poemas «adivinanza» de Dickinson, en los que habla de alguna planta sin llegar a nombrarla, dando pistas como su aspecto o su época de floración. ¡Un libro más que añadir a mi lista de lecturas pendientes!
La jornada del jueves arrancó con una conversación entre Magdalena Palmer Molera y David Muñoz Mateos, moderada por María Alonso Seisdedos, en la que debatieron sobre la traducción de lo no humano. Fue una conversación de lo más interesante porque a menudo diferían en los criterios que aplicaban en su trabajo, debido a las diferencias en el tipo de literatura que suelen traducir: no es lo mismo una obra en la que la naturaleza se sitúa al mismo nivel que el ser humano que otra en la que sirve como reflejo del mundo interno del protagonista o en la que solo forma parte de la ambientación. Como bien sabemos quienes nos dedicamos a esta profesión, el contexto condiciona nuestras decisiones. En el caso de textos literarios sobre la naturaleza se añade la dificultad de que, a menudo, los nombres de ciertas plantas e insectos producen un impacto emocional que desaparece al perder la referencia cultural y lingüística original. ¿Lo compensamos con «morcillas», con notas al pie o con un glosario final? La solución ideal dependerá de cada situación y de la importancia que se dé a uno u otro aspecto de la obra.
La mañana continuó con uno de los clásicos del Polisemo: la charla sobre asociacionismo, en esta ocasión impartida por Amaya García Gallego, en representación de ACE Traductores, y por Pedro Sánchez Álvarez, jefe del departamento de socios de CEDRO. Sé de primera mano lo importantes que son estas presentaciones porque yo me uní a ACE Traductores (y, más adelante, a CEDRO) gracias a El Ojo de Polisemo, y fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi carrera profesional: me sirvió para ponerme en contacto con colegas que con el tiempo se convirtieron en amistades, para no cometer errores de los que otras personas de habrían aprovechado y para ser consciente del ingente trabajo que se hace entre bambalinas para la defensa colectiva de nuestros derechos. Porque, por muy trillado que suene, la unión hace la fuerza, y las asociaciones son la prueba de que la traducción no es una profesión solitaria.
La sesión matutina concluyó con una mesa redonda moderada por Amaya García Gallego, en la que participaron Itziar Hernández Rodilla, Rosana Esquinas López y Quico Rovira-Beleta. Hablaron sobre la naturalidad, la espontaneidad y los coloquialismos en tres especialidades en las que la oralidad constituye un elemento esencial: la traducción de teatro, la traducción audiovisual y la traducción para audiolibros. Descubrimos que las tres tienen más en común de lo que parece y que las limitaciones propias de cada medio exigen soluciones especialmente creativas.
Con todas esas ideas en la cabeza nos fuimos a comer, y por la tarde regresamos con otras tres secciones típicas del Polisemo: la voz de las estudiantes, en la que cuatro alumnas y alumnos de la Facultad de Traducción e Interpretación nos hablaron de sus temores y esperanzas respecto al mundo profesional; la presentación del Premio de Traducción Universitaria “Valentín García Yebra”, que este año corrió a cargo de las ganadoras de la séxta y la séptima edición, Paula Espinosa Velasco y Manuela Berdún Gistaín, entrevistadas por Itziar Hernández Rodilla; y la charla sobre por dónde empezar, moderada por Rosana Esquinas López, en la que Manuela Berdún Gistaín, Sabela Rodríguez Ríos y Nora Aparicio Alfaro nos hablaron de sus comienzos, nos dieron valiosos consejos para conseguir encargos editoriales y nos animaron a no dejar nunca de de movernos, de colaborar y de luchar por nuestros derechos.
Y sobre derechos versó la intervención de Javier Díaz de Olarte, director del Departamento Jurídico de CEDRO, que, tras criticar duramente el expolio de obras protegidas para entrenar sistemas de inteligencia artificial, hizo un repaso de la normativa vigente tanto a nivel estatal como internacional y terminó con una nota esperanzadora, mencionando sentencias que legitiman a las entidades de gestión de derechos a combatir el uso ilegítimo de las obras de sus miembros.
Terminó la jornada con la ponencia, presentada por Teresa Muñoz Sebastián, de Beltrán de Ceballos Vázquez, director de Iniciativa Natura, que reivindicó la necesidad de que la naturaleza vuelva a estar en la agenda política, social y mediática española. Para ello, es imprescindible saber comunicar y transmitir confianza: cómo damos el mensaje es tan importante como el mensaje en sí. Eso es algo que quienes trabajamos con las palabras tenemos grabado a fuego, por lo que no fue ninguna sorpresa que Beltrán acogiera con entusiasmo las tres cualidades que había mencionado Nora Aparicio un poco antes: «criterio, razón y corazón», del todo imposibles en la producción de una máquina.
Esa tarde salimos de la universidad a toda prisa, pues teníamos programada una ruta cultural por Soria, en la que seguimos los pasos de Antonio Machado por el centro de la ciudad. Continuamos con una visita a La Casa de los Poetas, donde disfrutamos de una bonita exposición dedicada al omnipresente Machado, a Gustavo Adolfo Bécquer y a Gerardo Diego. Y, por último, repusimos fuerzas un par de pisos más abajo, en el Casino Círculo Amistad Numancia, en una cena que se prolongó hasta pasada la medianoche.
Pese al sueño que se iba acumulando, no nos arrepentimos de madrugar al día siguiente para asistir a la maravillosa ponencia de Isabel García Adánez, que, echando mano de varios ejemplos extraídos de sus traducciones, nos demostró que la naturalidad consiste en saber cuál es la opoción más apropiada para cada situación. A veces, la equivalencia exacta no es la solución más adecuada, pues priman otros criterios como la textura, el ritmo, el rigor histórico y el efecto que se debe producir en el público lector. Una vez más, quedó claro que el contexto manda y que un mismo problema puede tener diversas soluciones en función de si estamos traduciendo una guía de flora y fauna, los sobretítulos de una canción, una obra de narrativa o poesía.
Y, tirando de ese hilo, Elena Pérez San Miguel nos habló de un encargo muy especial: la traducción del ensayo gráfico Cambio de clima, de Philippe Squarzoni. En esta obra a medio camino entre la autobiografía y la investigación periodística sobre el cambio climático, Elena sintió una responsabilidad inmensa, pues era consciente de la importancia del tema y temía que un pequeño error de traducción pudiera dar alas al negacionismo. Por eso, además de documentarse a fondo y de echar mano de todos sus recursos para superar las dificultades propias de la traducción de cómics, hizo una propuesta poco habitual que consideraba imprescindible para ser fiel a la intención del autor: actualizar los datos. Y es que, desde 2012 (cuando se publicó el original) hasta 2021 (cuando lo tradujo), la crisis climática se había agravado tanto que muchas de las cifras habían cambiado y algunas predicciones ya estaban obsoletas. Es una suerte saber que un libro está traducido con tanto cuidado, y también me he quedado con la referencia, aunque no sé si la ecoansiedad me permitirá leerlo.
María Ramos Salgado puso el broche de oro con una magnífica ponencia en la que nos demostró que traducir (y escribir) es muy parecido a trabajar una huerta: los textos son una planta de crecimiento lento que hay que sembrar y regar (ese cuidado constante), proteger de las malas hierbas (nuestro propio desconocimiento) y de las plagas (las malas condiciones laborales, el síndrome de la impostora) y exponer al sol (¿quién no ha encontrado la solución perfecta para un problema traductoril dando un paseo?), mientras nos armamos de paciencia y confianza hasta poder cosechar el resultado de nuestras labores. En su doble faceta de escritora y traductora, María se encuentra en la posición ideal para recordarnos que la propia acción de creación es radicalmente de humana. Y está claro que ninguna máquina plagiadora habría sido capaz de entrelazar métaforas tan brillantes como las suyas.
Y llegó la hora de las conclusiones y la clausura. Aunque las despedidas son tristes, El Ojo de Polisemo siempre termina con la alentadora promesa de reencontrarnos en la próxima edición. En este caso tomó el testigo Rosa María Bautista Cordero, en representación de la Universidad Autónoma de Madrid. Desde luego, el nuevo comité organizador tiene el listón alto, pero no me cabe duda de que, al igual que el de Soria, superará todas las expectativas. ¡Nos vemos allí dentro de dos años!
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